jueves, 29 de enero de 2009

En busca de las raíces

Os dedico este relato que ha sido publicado en la revistra literaria GRUGALMA de Madrid. Disfrutadlo y opinad.

EN BUSCA DE LAS RAÍCES


Llegué cuando el bostezo de la tarde decadente comenzaba a confundirse con el desperezo de la sombra; era cuando el crepúsculo, taimado, se aproximaba y se aposentaba en los espacios que sosegadamente se diluían hasta desaparecer en un todo uniforme.
Era la hora en que las formas se unifican y las ausencias se renuevan.
La aldea, humillada en la barranca, volcaba al aire hálitos invisibles y espesos.
Al aproximarme a sus aledaños, tenues cacareos, balidos, relinchos, mugidos, ladridos, maullidos, tan solo sugeridos, brotaron de las cuadras tenebrosas, mudas hasta entonces, tal como si la vida intentase rebrotar al percibir mi llegada, mi aroma, o el latido incontenible de mi incertidumbre. Todo se alertó con el crujido de mis pisadas, sembrándose la alarma de corral en corral, imposibles de definir y delimitar en la penumbra cada vez más evidente.
Como obedeciendo a una orden muda, todo se calló, de súbito, creándose una ausencia ficticia en los pesebres, en los corrales y en las casas.
Aunque mis sentidos embotados apenas las percibían, noté en mi piel el puyazo de presencias y miradas desconfiadas, vigilantes, recelosas ante mi venida inesperada, quizás inoportuna. En mi nuca impactaron alientos diferentes; mis oídos se mellaban con el chapoteo de mis botas ajadas en el lodo del camino; las lanchas de piedra determinaban las cancillas inadvertibles y los interiores esfumados en la oscuridad.
No me atreví a volverme cuando una voz aguardentosa, profunda como el gemido de un violonchelo acariciado por mano burda, neutra, monótona, me habló desde el cobijo de un alero.
- ¿Quién eres? -dijo-, ¿qué buscas aquí?.
Se me atragantó la respuesta.
- Muéstrese usted, por favor - dije, balbuceando-; ¿donde se halla?, ¿por qué se oculta?.
Su masa se había fundido con los muros de la casota; sólo el camino era medianamente visible, hasta una corta distancia.
Bajo una bóveda grisácea la luna pugnaba por taladrar el plomo y asomarse a la escena, envidiosa de las escasas luciérnagas que colaban su destello por los suspiros de la tenebregura que nos envolvía. Nada deseaba yo tanto como ver su faz, aunque fuera por segundos, para ubicarme y dispersar mis dudas.
Por un instante me pareció que flotaba el lamento de un niño, pero se acalló enseguida por la mordaza de una mano o de un regazo.
De todas partes, repentinamente, comenzaron a surgir preguntas, apenas audibles al principio, susurrantes luego, y atropelladas después, haciéndome sentir como cercado por las voces, desconcertándome. No sabía a cuál dirigirme, ni hacia donde.
- ¿Quién és?...
Silencio.
- ¿Qué quiere?...
Silencio.
- ¿Qué busca aquí?...
Silencio.
-¿A quién busca?...
Silencio.
- ¿Por qué ha venido a esta aldea?...
Silencio.
- ¿Como se habrá orientado para llegar hasta aquí?...
Más y más silencio tras cada pregunta.
Nadie respondía a nadie en aquel caos que, poco a poco, se había ido creando, marea de alarmas y de miedos que yo no tuve fuerzas para romper.
Intenté sobreponerme y comencé a dirigirme, arbitrariamente, pues a nadie discernía, tratando de crear e infundir armonía y tranquilidad, procurando hacerles ver que yo venía en son afable, cargado y abrumado por tantas o más preguntas y dudas que las que ellos podrían plantearme, y que su anónima actitud me agobiaba y desasosegaba.
Sólo pretendía saber.
Así, en tono bajo, tímidamente, susurrando, les dije, en la seguridad de que podrían oírme fuera cual fuese el tono de voz que emplease y, tal vez, capaces de leer o intuir mis pensamientos:
- Soy Pascual Mauricio, el hijo de Petronila, la panadera. Vengo en busca de mi madre y rastreando mi pasado. Deseo hallarla y encontrarme a mí mismo. ¿Alguien sabe de ella?.
Mis palabras crearon un eco frío que me rebotó en la garganta, en los muros y en el viento. Nuevamente, un silencio glacial se cernió sobre la escena.
Rumores opacos corrieron sobre las tapias, como ratas deslizándose, raudas, sobre las maderas, los poyos, los zaguanes, las cercas y las tejas de pizarra.
Tenía la seguridad de estar rodeado por todas partes, sin que nada tangible, excepto la negrura macizada y los murmullos, acallados adrede, justificasen mi presentimiento.
- ¡Pascual Mauricio!...- manifestó una voz ahogada, desde lo más profundo de una choza ruinosa, tal una garita desmañada, en la que fulgían dos carbúnculos encendidos, ave rapaz o félido al acecho, que taladraban el acero de la inexistente puerta, como queriendo escribir un recado esotérico e inquietante en el tablero de la noche.
- ¡El hijo de la Petronila!...
Me volví inmediatamente en aquella dirección pero de nuevo la ausencia se hallaba entre la voz y yo.
- ¡Dice que perdió su pasado!...
Otra vez resultó vano toparme con alguien.
- ¡Y busca a su madre!...
El ritmo de mis latidos redoblaba en mis sienes la sinfonía de la desesperación.
Un sudor ligero comenzaba a perlar mi frente y la nuca se humedecía como lamida por una lengua áspera. Las palmas de mis manos rezumaban ansiedad, anegándome de hielo los dedos.
Comprendidas mis palabras, conocidos mis deseos y la razón por la que había llegado hasta aquel lugar agreste y recóndito del que no lograba recobrar recuerdos, en solitario y en mitad de la atardecida avanzada, con las botas y la vestimenta empapadas por el agua que descendía por los roderones, deslizándose por las laderas musgosas cubiertas por robleda y pinar, supliqué, con vehemencia, que alguien se me mostrase, para salir de aquella incertidumbre, ya enojosa, y a quién poder dirigirme.
Saliendo no sé de dónde, apareció ante mí una figura encorvada, vestida de negro, saya hasta los pies, cabeza y hombros cubiertos con amplio y grueso pañolón de lana trenzada, sin duda una mujer, de rostro inidentificable y garganta exhausta, que siseaba al hablar por su boca desdentada; me hizo señas para que me aproximase; sus dedos eran largos, nudosos, deformados por la artritis, y destacaban, por su palidez, en la oscuridad del escenario y las vestiduras.
- ¿Sabes?. Todos los que sobrevivimos y permanecemos en la aldea recordamos el día de tu marcha.
- Mi marcha involuntaria; yo era demasiado pequeño; no lo recuerdo.
- Los recuerdos se graban en uno, sin que uno lo quiera; es inevitable; aunque muy poco, algo habrá quedado en tu memoria.
- Es cierto, pero no sé bien qué. Es un bagaje que no sé interpretar. Por eso quiero intentar aclararlo, pues algo está bullendo en mi cabeza desde muy niño, asaltándome en el sueño o viniendo a mí, en la vigilia, como una fantasía que se me hace real, sin haberla vivido.
- ¿Qué recuerdas de tu madre, muchacho?.
Me tomé unos instantes antes de responder, y lo hice sin aparente coherencia.
- Mi madre siempre tenía frío - dije.
- Sin embargo, no siempre el cierzo soplaba, ni había nieve en el paisaje, ni sobre la paja y la pizarra había hielo.
- Recuerdo que decía que siempre tenía frío - reiteré -, eso sí lo recuerdo.
- Su frío estaba en su alma. Verás, primero fueron tus abuelos, a los que ella tan apegada estaba; luego, fue lo de tu padre, por desgracia; luego, la miseria, su incapacidad para criarte; los demás apenas pudimos prestarle apoyo o ayuda; no la admitió ni lo pidió nunca; era demasiado orgullosa para mendigar; su sentido del honor y su dolor inmenso no la hicieron humillarse; por eso, cuando fue consciente de que no podía criarte, dejó que se te llevasen lejos; no sé si tuvo en cuenta que, contigo, se iría lo poco que de ella le quedaba; desde entonces ya no fue ni ella misma, se convirtió en un ser atribulado, yermo, que decidió vivir sólo para sus remembranzas.
- Me dijeron que yo había llorado mucho.
- Como también lloró ella, cada día, cada hora, sin acabar de entender su decisión; arrugósele el rostro, encanecióse su cabello, de la noche a la mañana, y se fue aislando a medida que tu ausencia inevitable se prolongaba.
No sé si ella me miraba, pues no veía sus ojos, pero allí estaba, cabeceando, sin mover los pies, frente a mí, esperando una respuesta. Yo intenté razonar, pero no pude, sino, expresarme como sentía, desde mis pensamientos, que llevaban un ritmo dispar en la conversación.
- Yo aprendí, con el tiempo, que tendría que tratar de ganarme, física y espiritualmente, la herencia que portaba de mis padres, para hallar mi propia verdad. Llevo intentándolo, sin descanso, desde hace muchos, muchos años.
-Y, ¿lo has logrado?.
- Todavía no; de hecho, aquí estoy: Pero ahora, es curioso, es cuando más siento su vacío y su ausencia.
- Porque eres no sólo consciente de su falta, sino que te vas dando cuenta de las dificultades para dar con ella.
Dejó transcurrir un rato antes de proseguir.
- En nuestro recuerdo, a estas alturas ya casi también olvidado, está grabado el imposible con el que intentó sobrevivir tu madre, así como el olvido que le acompañó mientras estuvo entre nosotros.
- ¡Pero yo no la he olvidado!. Aunque su recuerdo es muy vago, la recuerdo, y la busco.
- Para salir adelante, ella tuvo que alejarse de sí misma, hasta convertirse en un sentimiento callado que solo ella creía comprender.
- ¿Y los demás?.
- Con el tiempo, unos pocos se hicieron indiferentes y, otros, luchamos por mantener encendidas las antorchas del afecto; sí, hasta que estas se agotaban, por ley de vida; se apagaron ya, para muchos; los pocos que de entonces quedamos ya no nos reconocemos, casi, entre nosotros; en una aldea de mayores, como esta, en la que ya casi no se nace, y a la que solo se suele venir para el descanso definitivo, lo mejor quizás sea la desmemoria.
Escuché pacientemente su discurso.
- ¿Y de tu vida, como fue?, - me preguntó.
- Yo fui criado con cariño en un ambiente hogareño y cálido; pero no conocí la ternura de mi madre, ni la felicidad de una carantoña. Y las ansío.
- La ternura es un patrimonio del alma; sin ella, el ser humano crece cojo, y la felicidad se le hace una meta imposible de lograr. De nada vale pretenderla, la felicidad, pues a cambio pueden darte fingimiento y deslealtad. Porque es como una caricia que, cuando ocurre, brota espontáneamente y te abarrota la existencia para sublimarla hacia el amor. Por eso la han sentido tan pocos y tantos se han sentido frustrados creyendo poseerla o haberla poseído.
- Tampoco he conocido el amor.
- El verdadero amor se te ha ido con tu madre.
Una inmensa nostalgia inundó lo más sensible de mi entraña.
- ¿Qué fue de ella? - pregunté, vivamente interesado.
Me respondió en voz muy baja:
- Se fue a matar el futuro, desbordada por un pasado que la amordazaba, siempre con tu nombre en los labios y la tristeza en sus ojos. Por ese camino se fue - señaló un sendero que se abría entre los setos de dos rediles -, sin precisar su destino, con el infinito por destino..., o la nada.
Un extraño y repentino escalofrío recorrió mi espalda y una profunda desazón comenzó a agobiarme en el pecho.
- Ya ella no está, pues.
- Aquí no queda nada, ni nadie, que pueda pertenecerte o ayudarte; muchos recuerdos, de los que sobreviven, perduran tergiversados, convertidos en leyenda, y carecen de significado para ti.
- ¿Y los tuyos?.
- Los míos se mantienen, por mor de estos pechos que te amamantaron - dijo, poniendo ambas manos sobre sus senos resecos y consumidos, golpeándose, a veces, sonando como un arcón vacío -. Tu pasado, hazme caso, ya no está aquí; sólo el que tú traes contigo existe, y debes mantenerlo vivo para que te conduzca a tus raíces.
- Entonces, tú, a mí..., yo…
Sin hacerme caso, continuó:
- Sigue ese mismo camino. Pero no te demores, pues el tiempo transcurre y juega en tu contra...y en el de ella. Ojalá alcances a lograr el calor del abrazo y el lecho que te aloje y caliente los témpanos de la soledad; en ese seno es donde hallarás la paz que buscas.
Me sorprendió la sensatez de sus palabras, en las que se denotaba una gran añoranza contenida.
Inicié de nuevo el camino, siguiendo sus indicaciones, cargado ahora con la mochila de la esperanza y del conocimiento recién adquirido.
Me volví y pregunté:
- ¿Qué será de ti, de los que quedáis?...
- Para nosotros, la historia se nos ha dormido en las arrugas; lentamente, se extingue; nuestra marcha es ineludible. Nuestro proyecto se nos estancó, hace años, en las lindes de las cercas; nuestra decrepitud evidente es bienvenida y necesaria; nos vamos haciendo ausentes, pues no nos oponemos a la pérdida progresiva de nosotros mismos; mas bien, lo deseamos; hemos asumido nuestro destino, aún sintiendo que nuestro ánimo se transforma en desaliento, el optimismo en serenidad o en tristeza, la esperanza en frustración, la ilusión en algo inalcanzable e inconcebible, a estas alturas...Sin embargo, tú eres la esperanza personificada. Sigue, no luches contra tu sino, déjate arrastrar por la torrentera que la vida te ha marcado, y que te aguarda; tal vez llegues con bien al final.
Comprendí que no había lugar para otros razonamientos.
- Entonces, adiós...y gracias..., Ama.
Un corto silencio siguió, en el que creí percibir un suspiro.
- Adiós, muchacho, adiós.
No volví a mirar atrás.
Se quedó el sigilo donde quedaban la figura de aquella mujer y su sombra.
No me sentí libre, sin embargo, del misterio que seguía impregnándolo todo.
El sendero, resquebrajado por los guijarros, descendía, abierto ante mí, hacia lo desconocido.
A mis espaldas quedaba el pretérito, apenas vislumbrado.
Frente a mí, estaba la duda, y, conmigo, todos mis miedos, el temor a no poder lograr descubrir el rumbo de mi madre, para sentir su abrazo anhelado, o hallar su tumba, para depositar en ella el beso que jamás había podido regalarle.
El camino se me ofrecía largo, por desconocido y por tedioso. Mas, mis pies habían cobrado alas y mi seno se iba ensanchando a medida que mis pasos me conducían hacia el destino que desconocía.


José Manuel Cairo Antelo













viernes, 16 de enero de 2009

Retomando el blog

15 / 01 / 09

RETOMANDO EL BLOG

Han transcurrido dos meses. Dos meses echando de menos este espacio al que voy cogiendo cariño. Ha sido imposible actualizar el blog. Pero no ha sido tiempo perdido, sino invertido en otros quehaceres y circunstancias también importantes: viajes, enfermedades, conferencias, congreso internacional, presentación y divulgación de mi nuevo libro de poemas (“Da Carraxe e da Paixón”, Editorial Espiral Maior, 2008), etc.

Ha sido un período de muchas lecturas provechosas de las que paso a referir las más importantes:

- "El beso de la muerte" (Kathy Reichs, Círculo de lectores, 2008); libro tedioso, poco interesante, que refiere las barbaridades que cometían las bandas de moteros proscritos de EEUU y Canadá, de las que no estaban exentos civiles anónimos de todas las edades.

- “La clave está en Rebeca” (Ken Follett, Editorial Planeta De Agostini, 1980), texto muy inicial del autor en el que desarrolla una trama de espionaje novelado sobre un presunto caso de resistencia / oposición al progreso de la invasión del mariscal alemán Rommel y sus huestes acorazadas en el desierto egipcio, durante la Segunda Guerra Mundial. No deja de ser interesante a pesar de la sencillez de su trama y de los titubeos, como literato, del autor principiante.

- “El relicario” (Douglas Preston y Lincoln Child, Ed. DeBols!llo, 7ª edición, 2008), donde se muestra una vez más su veteranía y su facilidad para la divulgación científica dentro de un marco de novela de misterio tipo thriller. Merece ser leído. Aunque de por sí es una novela integral e independiente, será más interesante si previamente se lee la novela "El ídolo perdido", de la que “El Relicario” es su segunda parte.

- “Jennie” (Douglas Preston, Ed. DeBols!llo, 2008): aunque fue publicada en inglés en 1994, su traducción al castellano no se llevó a cabo hasta 2008; es, por tanto, una novedad editorial en nuestro país, y especialmente interesante. Aunque es una obra de ficción, refiere la experiencia obtenida de la cría, entre humanos, de una hembra de chimpancé que no había conocido a sus ancestros ni tomado contacto con su ambiente natural. Hace reflexionar seriamente sobre la escasa separación entre los humanos y los chimpancés, la especie más próxima al hombre dentro del grupo de los grandes simios, pues comparten casi el 98 % de su dotación de ADN, y obliga a replantear los conceptos de humanidad, sociedad, evolución, creación, evolución y amor. Es una novela cuasi científica, trágica, original, tierna e irresistible.

- “La conquista de Alejandro Magno” (Steven Pressfield, Ed. DeBols!llo, 2006), novela histórica que refiere las vivencias, pensamientos, contradicciones, ansias de vivir, pasiones, genialidades, éxitos y fracasos de este rey y estratega, conquistador de un gran imperio a pesar de su juventud, que fue respetado por sus generales y adorado como si de un dios se tratara. Muy bien documentada, no en vano el autor es un especialista en materia de historia, no deja de incursionarse en el mito del personaje de Alejandro entremezclándolo con lo que hasta hoy se sabe de su biografía documentada. Es una novela digna e interesante.

- “De la mano con Frasquito” (J.J. Benítez, Ed. Granica, 2008), sorprendente libro de este prolífico autor navarro, de contenido muy alejado de lo que de su autoría sabíamos hasta hoy. Se trata de un libro cargado de ternura y de sabiduría, en el que J.J. se comunica con su nieto y le explica sus pensamientos y experiencias; aunque incide excesivamente en conceptos espirituales, como el concepto de Dios y de lo que redunda en su concepto, no se hace pesado. Es de suponer que esté preparando una nueva edición o trate de complementar la actual, pues cada capítulo va precedido de una numeración que, sin duda, es la cronología que tiene en el diario del que sólo se han publicado algunas páginas seleccionadas por el autor. Es un texto interesante que permite comenzar el libro por cualquier parte y leerlo tanto en el ascensor como en el autobús o en la intimidad de un gabinete.

- “Las edades de Lulú” (Almudena Grandes, Tusquets Editores, S.A., 1989, 2008). Es un libro que ya había leído a raíz de su primera edición; me decidí a releerlo antes de comenzar la lectura de “Atlas de geografía humana” y “El corazón helado”, de la misma autora; la razón es que va precedido de un prólogo amplio de la propia novelista y porque es una edición definitiva y revisada por ella misma. Es muy interesante conocer cómo se gestó la novela, la primera de su autoría, en plena juventud, y que la llevó a recibir el XI Premio “La sonrisa vertical”, cuáles fueron las intentonas para su redacción y la repercusión que en su ánimo de futura escritora tuvieron las críticas escritas y radiofónicas, a favor o en contra, según el país donde fuese leída la novela, publicada en más de veinticinco lenguas. Es una obra dura y sincera que marcó a toda una generación de lectores y que no ha dejado de estar vigente hasta el momento actual, pues el contrato editorial ha sido recientemente renovado. Es, por tanto, una novela de actualidad que debe ser leída con imparcialidad y entusiasmo.

- “Misterios del cristianismo: La verdad sobre algunos enigmas de la Iglesia” (Steven Borgerhoff y Kristof Lamberigts, Ediciones B, 2008). No aporta nada nuevo. Es una obra más acerca de algunos acontecimientos, fantasías y teorías en torno a la Iglesia Católica y el Vaticano. No desvela nada, tan sólo refiere e informa. Nace al amparo de las recientes publicaciones que ponen en el punto de mira de la crítica a la Iglesia Católica y a su Estado. Su contenido es muy limitado, a saber: El sudario de Turín, Las visones de Fátima, Los manuscritos del Mar Muerto, Padre Pío, El Santo Grial y La Virgen de Civitavecchia. Es una obra que no conmueve. Lo dicho: para leer en tiempos muertos y como artículos para curiosos.

- “Millo verde” (Xosé Fernández Ferreiro, Xerais, 2002) es una novela que sigue la línea de otras del autor con la novedad de que toca un tema social en relación con la docencia y la fragilidad de los docentes ante cualquier calumnia; muy de actualidad en los tiempos que corremos. De una calumnia se trata, dirigida contra un profesor al que la sociedad acaba marginando y que no puede evitar el sufrimiento de su familia; se tambalea su profesionalidad, su honor como persona, su seguridad como ser social, sus principios por no poder explicarse ante el riesgo de salpicarse con más basura. Escrita en Galego, es de fácil lectura y comprensión, recomendable para ser leída en medios docentes. Es una novela preciosa y meritoria.

- “La misteriosa llama de la reina Loana” (Umberto Eco, Ed. Lumen, S.A., 2005) es otra obra de ficción extraordinaria del autor italiano padre de “El nombre de la rosa”. Como siempre, es una novela cargada de erudición y conocimiento, que hay que leer con detenimiento para entenderla y serenidad para que no agobie. Novedosa por la cantidad de ilustraciones que aporta, que retrotraen al pasado a fin de rellenar el presente del personaje central de la obra, cuya memoria actual y reciente, personal y emotiva, se ha perdido a consecuencia de una enfermedad. Es una novela irónica y tierna, nostálgica y sensual, desconcertante y novedosa. Debe ser leída.

- “Los hombres que no amaban a las mujeres” (Stieg Larsson, Círculo de Lectores y Ediciones Destino, 2008). Es la primera parte de la trilogía que el autor sueco, fallecido prematuramente en 2004 en plena madurez intelectual, ha dejado manuscrita e inédita bajo el título global de “Trilogía del Milenio”; en 2006 fue considerada como la mejor novela de misterio de autor nórdico y se le otorgó el prestigioso premio “Llave de Cristal”. Desde mi humilde punto de vista se trata de una buena novela, aunque francamente tediosa en sus doscientas primeras páginas; es de planteamiento diferente a las novelas del mismo estilo escritas por autores ingleses o americanos, más directos y concisos en sus planteamientos, como ya tengo comentado en otras ocasiones; no dudo de su valor literario, pero no me parece tanto como algunos críticos quieren hacernos creer. La trama consiste en la búsqueda del culpable de un asesinato ocurrido hace treinta y seis años, que resulta ser el autor de una serie de desmanes en serie, con implicaciones familiares de gran trascendencia de las que no se libra ni el que parece el más inocente de la saga. Esta novela debe ser leída, a la espera de la publicación de su última parte, pues la segunda ya la tengo sobre mi mesa, con el sugerente título de “La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina”.

lunes, 17 de noviembre de 2008

Demasiado desconcierto académico y social

Es incompresible que no se tomen medidas contra las agresiones indiscriminadas en el terreno académico, a pesar de que a diario se denuncian casos y más casos de ofensas y ultrajes, por parte de los alumnos y algunos de sus padres, contra profesores concretos o contra el colectivo de docentes.

Sí se hacen y conocen inventarios publicados en los medios de información – estamos, cada día más, en un país de estadísticas – pero su aplicación práctica sigue sin conocerse.

Acaso no importe a las autoridades que los profesores se vean ridiculizados por los sujetos sociales a cuya formación están encomendados – los alumnos, de los que ha de depender el futuro del país -, que sean agredidos en privado o públicamente, que se publiquen dichas agresiones en Internet o por mensajes a móvil, que sean filmados por los propios alumnos - ¿existe premeditación y alevosía en su elaboración tan minuciosa? -, que el índice de afectación síquica en los docentes alcance tamaños porcentajes, que muchísimos de ellos sufran depresión severa y que sus familias sufran las consecuencias, que los agresores no puedan ser sancionados seriamente, que el profesor haya de adoptar una posición vergonzante y casi se vea obligado a tener que pedir perdón por no ser capaz de controlar a tanto energúmeno y sinvergüenza, a veces amparados por los propios tutores, los jefes de estudios y los directores que, para evitar la competencia, para que no trascienda la imagen deteriorada del centro o para proteger su propia responsabilidad, aconsejan a los compañeros afectados que callen los incidentes, que se dobleguen y se esfuercen, si no por enseñar, al menos – suena a chirigota - por manifestar cariño hacia los agresores -.

¿Qué más se le puede exigir a un profesor afectado?, ¿qué tipo de heroísmo se pretende que manifieste, en contra de su propio prestigio y categoría?, ¿a qué nivel queda su capacidad como responsable del aula si se merma tan descaradamente su ascendiente? ¿No sería ecuánime darles clases de defensa personal, dentro del cupo de los numerosos cursillos que se les obliga a realizar para conseguir puntuación, cuyo contenido nada suele tener que ver con la labor que deben desarrollar en el futuro?.

¿Cuánta gente se nutrirá de los pagos que, para ser admitidos a opositar, han de pagar los novatos por los cursos convocados al efecto, consensuados con los sindicatos, a costa del peculio familiar, de tantas y tantas horas de sacrificio durante el tiempo de preparación de la misma oposición, y de tan numerosos desplazamientos kilométricos?. ¡Qué tantos favores se les estarán pagando a los sindicatos para que éstos acondicionen las normas que protejan al cuerpo de interinos, con el fin de no permitir que compitan en igualdad de condiciones con los opositores de nueva generación y corran el riesgo de que les puedan usurpar las plazas que se convoquen, muchas de las cuales ellos están ocupando! Porque hay un hecho cierto: los que no ocupan su plaza previa demostración de su valía, salvo honrosísimas excepciones que lo siguen demostrado a diario, generalmente se adocenan, no estudian y no evolucionan, ni en técnicas ni en conocimientos, porque nada ni nadie les acucia pues ya están asentados tanto laboral como socialmente. Lo grave es que, generalmente, muchas de estas plazas, entiéndase puestos de trabajo como funcionarios, han sido concedidos a dedo, a cambio de favores o por motivos de parentesco y beneficio político.

Resulta poco menos que escandaloso que las autoridades académicas digan que no están dotadas de los adecuados métodos coercitivos o de penalización para poder imponer su autoridad. ¿O no quieren porque políticamente no interesan?; ¿qué o quién les impide reivindicar sus derechos?; ¿qué tipo de inspecciones se realizan en los centros?

¿Tal vez no proceden porque ellos mismos se sienten amenazados por el alumnado a su cargo?, ¿tal vez porque sus superiores en rango les vuelven la espalda?, ¿tal vez porque el cuerpo de profesores del claustro que dirigen carecen de la formación, autoridad y capacidad suficientes, o ellos mismos son tan débiles que no pueden aplicar doctrina porque les pueden sancionar o amenazar con obligarles a cesar en el cargo si hacen evidentes tales desmanes y abandono de sus funciones?, ¿tal vez porque “la puntuación”, si cumpliesen estrictamente con su obligación, no les sería aplicada y les evitaría la posibilidad de un futuro desplazamiento para huir de la anarquía en la que actualmente están inmersos?...

¿Dónde está el criterio de autoridad? No es comprensible que los alumnos campen a sus anchas dentro del aula y del centro de enseñanza, impidiendo la docencia y que los profesores puedan dictar sus lecciones, mucho menos - ¡en qué cabeza cabe! - hacer enseñanza participativa, pues, ¿quién sería capaz de hacerlo, sin merma de su juicio o de su integridad física, inmerso en semejante barahúnda como son el aula y el centro habitualmente? Porque es asiduo - ¿acaso es una “norma tácita” en los centros? – que dentro de las salas los alumnos corran, salten, griten, se desplacen, porten gorras, quemen objetos, destrocen mobiliario, se metan debajo de los pupitres, asalten la mesa del profesor, se tiren cuescos – que son aplaudidos por los compañeros/as y reídos, desgraciadamente, por algunos profesores consentidores que presumen de democráticos -, quemen objetos, lancen cosas por las ventanas y se las arrojen unos a otros con riesgo de herirse, utilicen móviles – aunque se diga que están prohibidos -, se mofen del profesor en su propia cara, se insulten entre ellos a voz en grito…

¿A dónde vamos con estas circunstancias tan adversas? ¿Qué podrá ocurrir con los alumnos que de verdad quieren aprender? ¿Cuál será el futuro que espera nuestros enseñantes?...

sábado, 15 de noviembre de 2008

El poder del capital

John Grisham (Arkansas, 1955), acaba de publicar en Círculo de Lectores La apelación (2008).

Grisham es el maestro del thriller judicial, abogado especializado en Derecho Civil y Penal, y novelista, autor de Tiempo de matar (1989), La Tapadera (1991), El informe pelícano (1992), El cliente (1993), Cámara de gas (1994), Legítima defensa (1995), Causa justa (1996), El socio (1997), El testamento (1999), La Hermandad (2000), La citación (2002), El rey de los pleitos (2003), El último jurado (2004) y El intermediario (2005).

El antecedente novelado más reciente que he leído acerca de la razón fundamental de la trama – el poder del dinero frente a la irresponsable lesión social - ya se insinuaba en El jardinero fiel ( The constant gardener), de John Le Carré (Poole, Inglaterra, 1931), que también ha sido llevada al cine (2005), con éxito, dirigida por Fernando Meirelles, con guión de Jeffrey Caine, e interpretada por Ralph Fiennes, Rachel Weisz, Danny Huston, Bill Nighy, Pete Postlethwaite, Bernard Otieno Oduor y Donald Sumpter. La novela y la película denuncian las irregularidades de la industria farmacéutica, que obtiene exagerados beneficios a costa de la salud de las gentes con las que ensayan sus experimentos, sobre todo utilizando a las de los países más pobres del planeta (en este caso era Kenya, cuyos habitantes han de vivir con menos de un dólar al día). Dice el escritor que esta industria contiene “un lado muy oscuro en el que se mueven enormes cantidades de dinero, un secretismo patológico, corrupción y avaricia”. Los gobiernos del Norte y del Sur están en connivencia con ella. Paralizar dichos experimentos, cuando se descubren, supondría una gran pérdida económica y la oportunidad para que las empresas y gobiernos de la competencia tuviesen una oportunidad para sustituirlas; por eso se persiste en el mantenimiento del engaño y del abuso. Manifiesta que las multinacionales farmacéuticas dedican muchos menos recursos de los que afirman emplear en la investigación y dedican muchos de ellos al marketing y al enriquecimiento ilegal de determinados personajes y entidades, para lograr sus fines, cuando no, aunque manteniéndose al margen de su conocimiento para evitar su implicación directa, a poyar la mercadería de seres humanos, órganos, armamento y droga ilegal. Para colmo, tales investigaciones nada suelen tener que ver con los países en las que se ensayan, sino con patologías propias de los países occidentales y ricos del planeta, ignorando prácticamente las enfermedades endémicas de los países empobrecidos, incluida la hambruna y sus consecuencias.

En La apelación, Grisham recurre al daño producido en una población de Estados Unidos, a través del agua potable contaminada por los vertidos irregulares e incontrolados de una planta química. Como consecuencia: aumento acentuado de enfermedades tumorales y degenerativas en la población afectada.

Un bufete de abogados se encarga de la defensa e invierte todos sus medios materiales y compromisos laborales en ella; consiguen ganar el juicio, espectacular por la cantidad asignada por el juez, y ponen en un aparente serio aprieto al magnate dueño de la fábrica, que trasciende a los medios de comunicación.

Como cabe la posibilidad de recurso, el cuerpo de abogados de la empresa lo presenta, con el fin de provocar una demora lo más extensa posible en la resolución. A la vez que el bufete defensor se debilita por la prolongada espera, mermando progresivamente su economía y ánimo, los afectados se desesperan porque sus subvenciones no llegan y se van muriendo poco a poco los más perjudicados. A la vez, la gran empresa arguye sufrir severas pérdidas, utilizando incluso a la Bolsa y a su imagen dañada en el campo empresarial, mientras que otras empresas subsidiarias crecen y van enriqueciendo al magnate. Este individuo, utilizando su capital comienza a tentar y sobornar a políticos de las Cámaras para que apoyen la candidatura de un cuerpo jurídico corrupto, para derrumbar al vigente, que se mueve dentro de la sabiduría legal y no es útil para sus propósitos, y lo logra. Al final, los afectados reciben cantidades pírricas y engañosas, el bufete defensor se sume en la inanición, la fábrica se traslada y cambia de función, y el magnate se crece porque la legalidad comprada le enaltece y sigue enriqueciéndose, aunque comparta sus ganancias con los nuevos asalariados. La apelación, por tanto, resultó, al fin, ser exitosa.

Es evidente que el dinero no lo es todo, pero lo puede casi todo cuando se le aplica adecuadamente (no digo inteligentemente, pues los inteligentes no suelen ser ricos), y más cuando con él se compran almas y poderes, pues ya el dinero en sí es poder; si a ello añadimos que la ambición no tiene límites, la avaricia es universal y el ser humano es el más débil de los seres, tenemos elaborado el esquema del fatalismo. Ante la corrupción nada pueden las conciencias. Ante el bienestar de aquellos pocos, de poco importa la salud de la mayoría. Parece ser que todo es vendible y que siempre hay alguien dispuesto a comprar. Suele ser común que la ley se parezca sobremanera a la ilegalidad. Paradójicamente, el que más tiene puede no ser el más odiado, pero sí es el más respetado. Cuanto más insensato, pero más rico, es uno, más arbitrario resulta en su proceder. Las consecuencias son impredecibles, como puede deducirse de la lectura de esta obra de John Grisham.

Cuando la estaba leyendo, se estaba desarrollando la campaña de elecciones en los Estados Unidos de América. Al leer en la prensa la inmensa cantidad de millones de dólares que se estaban empleando en ella, se me ponía la carne de gallina...

sábado, 8 de noviembre de 2008

Vallas y fronteras

Todavía no hemos remontado la época de los reinos de taifas. Tampoco hemos ido más allá de las ideas de los clásicos en cuanto a política. Las teorías políticas parecen haberse agotado. No ha surgido, todavía, la mente prodigiosa capaz de crear una nueva filosofía del hombre, del territorio, de la economía, de la sociedad: estamos permanentemente hablando de lo mismo, pero con ligeros matices para decir que es algo novedoso. Pero no.

Por una parte, el mundo tiende a la globalización. Es cierto que no se ha logrado aún definir este nuevo concepto, pero se habla de él como si estuviese definido y, lo más curioso, se le aplica a la práctica, esperando a ver por dónde van las cosas y así poder explicarlo; se apoya, entre otros muchos aspectos, en la tecnología informática, en el derribo teórico de fronteras, en la anhelada moneda única (como si fuese la panacea y no la causa de la crisis que el mundo está sufriendo), en una lengua común, y en el aprovechamiento de los recursos, especialmente humanos, más baratos que ofrecen los terceros mundos, para luego aplicar los resultados a los países poderosos, con más altos medios económicos, acrecentando el precio de lo producido pero dejando de lado a aquellos que elaboraron los artículos con su esfuerzo y su sudor y su cansancio, que no dejan de seguir muriéndose de hambruna y enfermedades, con las más altas tasa de mortalidad del planeta, pero también con las más altas tasas de natalidad; y eso está bien, porque “cuanto más joven sea la población laboral, más capacidad tendrá para seguir produciendo” a cambio de sueldos de miseria, mientras que la selección natural potenciada por los poderosos sigue mermando a los ancianos, que ya no sirven a los cuarenta año de edad, y a los niños endebles o discapacitados; aún así, ocasionalmente puede utilizárseles, con total impunidad, como cobayas humanos o para trasplantes de órganos, entre otros fines.

Mientras, se asegura que el nacismo ya no existe porque, salvo algunos chiflados que lo practican y desean que sobreviva, no tiene cabida ni espacio en la sociedad moderna y occidentalizada, pues las tiranías y las políticas excluyentes están mal vistas y denostadas.

Por otra parte, en nuestro país se sigue potenciando la partición y el separatismo, aunque sagazmente se habla de unidad estatal. Se han multiplicado las autonomías y se ha subdividido el territorio en parcelas en las que gobiernan unos pocos, que resultan ser los elegidos por otros pocos, a los que, en general, la mayoría no les conocemos, pero que son los que nos administran, al fin y al cabo, y dirigen, negocian y gastan el peculio de la colectividad, y de los que la generalidad, electores o no, hablamos casi perennemente mal, pues no siempre llueve al gusto de todos. Decía un paisano mío que, para él, el estado ideal era el de ser comunista pues, con lo que ya tenía y con lo que tenían que darle del reparto de los bienes de los demás, se haría rico, muy rico. No es aplicable a la mayoría esta reflexión, pero sí lo es para muchos, aunque aparenten lo contrario: viva yo y los demás que se arrimen, si les queda sitio.

Lo extraño es que, aunque no se las mencione, por ser también políticamente incorrecto, siguen existiendo fronteras, no sólo lingüísticas sino laborales y sociales. ¿Se van a colocar vallas electrificadas y con alambre de espinos, por tierra, y se va a minar el litoral en nuestra tierra? Lo digo por eso del abuso y la xenofobia de otras comunidades, como la vasca, tal como se escribe en la prensa de hoy, pues ¿a qué viene que a los inmigrantes, sobre todo marroquíes (entiéndase “árabes”), sean embarcados en autobuses y trenes, con viaje pago y una notita manuscrita, para más inri, con la dirección de la policía gallega, entregada por el político de turno?, ¿cuándo le tocará a los gitanos, a los rumanos, portugueses y otras razas no vascas?, ¿y al resto de los españoles, entiéndase andaluces, castellanos, extremeños, gallegos, murcianos, etc?. Me temo que son un procedimiento y una filosofía copiados, desgraciadamente, que puede ser contagiosos, con la mera disculpa de que uno ha de proteger su entorno y su hogar, aunque el “entorno” sea nuestro país (entiéndase “comunidad”) y nuestro “hogar” nuestra propia “aldea”. Porque, ¿acaso no es esta patriotería la hermana del racismo y la xenofobia?.

A todos nos gusta que las cosas se hagan legalmente. Apoyemos esa idea, pero no consintamos que cada administración se lance por sus fueros y menos que abuse de las demás utilizando a los sin papeles, a los que no tienen dónde caerse muertos, a los que ya han sufrido tanto que ni les importe su destino, a los que se les desautorizó ante el mundo, como triste moneda de cambio.

Yo me pregunto: ¿se actuaría del mismo modo si estas personas aportasen capital, aunque no conociesen la lengua y careciesen de papeles?. Dejo la pregunta en el aire.


miércoles, 5 de noviembre de 2008

La balanza oxidada

Siempre he visto en cómic o en caricatura las alusiones más irónicas relativas a la Justicia, pero ante la noticia de hoy no sé cómo responderán los humoristas, los dibujantes, los caricatos y los editorialistas, si es que se sorprenden como yo. Y es que la noticia no es para menos.

Se trata de un caballero de mediana edad para el que un señor fiscal ha solicitado 16 años de cárcel; hasta ahí, todo es posible. El escándalo está en las razones: por insultos y críticas al ministerio fiscal, a unos forenses y a algún juez. ¿Cuándo?: hace siete u ocho años. ¡Tarde está piando el susodicho fiscal! ¿Circunstancias?: pues que a este caballero tan sólo le han raptado, violado, asesinado y enterrado a su hija de aproximadamente catorce años.

El padre buscó con ahínco el cuerpo de su hija y el de otras dos amigas que siguieron su misma suerte. Fue todo un despliegue mediático y social lo que ocurrió en aquellas fechas. Creyó que las fuerzas del orden y la justicia no estaban siendo lo suficientemente ágiles y consideró que la ruta de investigación que seguían, aparte de no ser lo suficientemente amplia, no era del todo fidedigna, pues dejaba en el camino retazos importantes que podrían haber sido motivos inculpatorios si se hubiesen investigado inteligentemente.

Cuando la justicia se decidió a dictaminar, lo hizo inculpando a un solo individuo, probablemente al mirón, el deficiente, el morboso, al que no se le demostró que hubiese participado activamente en ninguno de los crímenes, aunque hubiese colaborado en el montaje de los mismos. El caballero lo cuestionó todo, ante la desidia y repudio de información razonable por parte de los investigadores oficiales y su negativa a escucharle, pues ¿qué importancia podría tener el hallazgo de cabellos del pubis de ocho o nueve caracteres genéticos diferentes en el lugar de las violaciones y torturas?, ¿de qué importaba que una de las manos de su hija no hubiese aparecido al desenterrarla?, ¿qué importancia tenía su desaparición de un cadáver reciente, como si se hubiese volatilizado, para los forenses?

Lo peor y más desesperante fue que el verdadero autor del crimen, al menos el cabecilla de aquel presunto grupo, había desaparecido sin dejar rastro y hasta el momento actual sigue desaparecido o se le da por muerto, aunque se conocen su nombre y apellidos, su dirección y la de su familia inmediata. Su cadáver nunca ha sido recuperado.

Este padre se mantiene insatisfecho y sigue llorando la muerte de la chica, que no puede ser sustituida ni por su nueva hija de aproximadamente cinco años. Pues bien, en medio del dolor, de la desesperación, de la incertidumbre, en aquel entonces despotricó contra el procedimiento, que le parecía insuficiente, el de la justicia y las fuerzas del orden, del hermetismo de todos, de su cerrazón, y clamaba por ella precisamente, por la Justicia y por la necesidad del buen hacer de los que la representaban.

A resultas de aquella reacción en situación de absoluta enajenación, en la sala del juzgado y ante los medios de comunicación, algún representante de la ley se ha sentido ofendido y, a resultas de tal sentimiento, decide proceder contra él y propone que se le sancione con tal pena y se le imponga una multa cuantiosa. Porque, ¿qué será de la corporación si no se le castiga duramente por haberles ofendido? Más bochornoso aún: ¡a efectos retroactivos!.

¿Quién puede proporcionarle consuelo ante tal grado de disgusto?, ¿en qué momento de su vida? ¿Alguien se paró a considerar la repercusión que puede tener la decisión de imponerle tal castigo? No parece importar, si no, más que el lavado de imagen del cuerpo o cuerpos que se han dedicado al intento de solucionar el problema tras su rotundo fracaso. ¡Velos y más velos para oscurecer la realidad!.

¡Ay de la Justicia!, tan bella y tan vieja ella, que se la quiere remodelar y modificar sus atributos a capricho de unos pocos, precisamente aquellos que deberían salvaguardar su pureza y su permanencia en el tiempo! ¡Ay del dolor ajeno, frente al corporativismo y la venganza taimada, cuando el olvido debiera haber tendido sus gasas para no empañar las conciencias!. ¡Ay del personalismo y abuso de poder, orgullo mal entendido que tanto daño hace a la sociedad!.

Yo no reconozco, y pienso que muchos españoles de buen sentir tampoco, a esa imagen de brazos derrotados y caídos, cuya balanza descompensada y oxidada por el desuso se le cae de las manos, con un ojo descubierto que observa con socarronería, cuando la discreción y la imparcialidad debieran ser su enseña, y que mantiene el otro ojo cubierto por la faja, tal vez no para compensar el yerro del ojo contrario, sino para mantenerse en la ignorancia.

Yo no reconozco a la Señora en esa parodia y, casi seguro, tú tampoco.

martes, 4 de noviembre de 2008

Que sí, que no

No pasa un solo día sin que alguna noticia referente a nuestra juventud enturbie las páginas de toda la prensa, radio y televisión. Son tan dispares como las protestas del alumnado de un instituto porque la directiva colocó un circuito cerrado de televisión para controlar actos de vandalismo y comportamiento anormal en el centro, por parte del alumnado, pues ello vulnera la intimidad de este colectivo; o como el asesinato, por degüello y ensañamiento, de una chica de trece o catorce años llevado a cabo por dos compañeros de pandilla, al parecer por causa de un móvil sentimental; o el regodeo de los participantes, que no se privan de aparecer en las imágenes, al maltratar de palabra o de obra a compañeros y a profesores, en las clases, o a médicos y demás personal sanitario, en el centro o en la calle, y difunden las imágenes pon Internet (YuoTube) o por mensaje a través de los teléfonos móviles.

Por otra parte, escuchamos las opiniones de los modernos pedagogos, que aconsejan tratar a los alumnos con deferencia y cariño, para evitar provocarles reacciones de disgusto y posibles traumas psicológicos. Y la voz de los padres, que no consienten que los profesores intenten encauzar la violencia de sus hijos, desautorizando a los enseñantes delante de sus mozalbetes. Y el propio sistema de enseñanza, privado de medios coercitivos o de censura, que hacen prevalecer el criterio del alumno sobre el del profesor, estableciendo una escala inacabable de cargos intermedios con el fin de aplacar las denuncias y consolidar el anonimato de los culpables, sin considerar que se están creando presuntos delincuentes. Y la propia ley, que por tratar de encauzar al menor, según su propia versión, permite la impunidad de los agresores y disidentes del sentido común y denostadores de las más mínimas normas de convivencia y civilidad.

Es decir, que antes de los catorce años, el joven puede hacer lo que le venga en gana, a sabiendas de que casi nada se les puede reprochar, pues son sólo jóvenes, y nadie les podrá inculpar ni castigar de forma severa; todo lo más, se les podrá amonestar o recluir en centros (ya ni se les llama reformatorios) donde se pretende corregir los caminos errados y los pensamientos violentos, para quedar libres de responsabilidad al cabo de un escaso tiempo, durante el cual ni estudian, ni trabajan para ayudar a la sociedad perjudicada, ni hacen propósito de enmienda. Me pregunto: ¿se pretende potenciar su vagancia y mal hacer por parte de los responsables de mantener todo tipo de orden?.

Porque ellos piensan: ¿para qué estudiar si van a ser promocionados por ley, es decir, avanzar en los estudios aunque no estudien?, ¿cómo van a trabajar si no se les proporciona una paga razonable por ello?, ¿por qué han de respetar a los profesores si sus padres luego les protegen y exculpan, pues nunca los hijos de uno son malos, sino unos exagerados los maestros?, ¿qué importa que los representantes de la ley los capturen, los recluyan, si al poco tiempo se evaden de sus culpas y salen por la otra puerta, pues para eso son jóvenes y la ley les protege?, ¿no es mejor amedrentar a los directores y jefes, porque a ellos sólo les interesa proteger sus puestos para crecer en su sistema, y a los jóvenes les interesa envalentonarse, crecerse y ser más machitos?... Y así hasta el infinito podríamos hacer preguntas. ¿Dónde están las respuestas?, ¿quién tiene la llave del laberinto?.

Los sanitarios son agredidos, los responsables de mantener el orden son agredidos, los sacerdotes y religiosos son agredidos, los ancianos son agredidos, las embarazadas y los enfermos y los débiles y los indigentes son agredidos; los chicos y las chicas, indistintamente, agreden, se drogan y no se someten a normas elementales de comedimiento. Pero lo exigen todo, sin considerar las posibilidades económicas de la familia, de la sociedad, del estado; sólo conocen y practican la ley del todo vale, que otros la enmendarán; la del mínimo esfuerzo, que ya otros producirán por mi, pues no es su obligación (la de los jóvenes) extralimitarse ocupando una jornada de su tiempo para dejar de hacer lo que se les ocurre en el terreno del ocio y del vicio.

Es bien cierto que existe otra partida de nuestra juventud que intenta todo lo contrario, que practican otros valores y buscan fines de bonanza, pero suelen quedar sumergidos en la marisma del resto del colectivo y no se les permite destacar o aprender, si no es a costa de coacciones, amenazas o desprecios. Aún así, al final pueden lograr sus fines, pero el esfuerzo empleado es de titanes a los que no se les reconoce su valor mientras están en la vorágine de la lucha.

¿Qué está ocurriendo con nuestros jóvenes?, ¿qué está pasando con los responsables sociales?, ¿y qué con los padres que consienten y prefieren ignorar?.

Y, lo que es más grave: ¿no se darán cuenta los jóvenes que sus posibilidades de ser un ciudadano medianamente normal y de provecho se les está pasando por la puerta y pueden ser irrecuperables?.. ¡Yo haría más, y más preguntas!.